El sábado fui a ver Avatar 3D con mis droogies de toda la vida. Durante toda la película me conmoví, a veces hasta las lágrimas, y aplaudí internamente cuando a James le hubiera gustado, y me regocijé y sufrí y VIVÍ (como un ñoño que vive en el sótano de sus padres sugirió en los foros de IMDB). Al final, todos dijimos: "Oh, James, lo hiciste de nuevo".
Más tarde, mientras me empacaba comida malaya de forma desesperada, comentamos sobre las intenciones efectistas de algunas películas: en especial las que están hábilmente diseñadas para hacerte llorar en los momentos precisos. Recordé entonces una ida al cine con mi mamá para ver My Sister's Keeper (sólo porque pensé que le gustaría, y porque tenía la nariz tapada), y los centilitros de lágrimas que derramé durante ciento nueve minutos, a veces contra mi voluntad. Nunca había presenciado el fenómeno de escuchar auténticos moquidos en distintas partes de la sala, y un rumor sutil pero constante, similar al chillido de un recién nacido al que no le han cambiado el pañal cagado.
Fue tan agotador que, más que conmovidas, salimos de ahí maldiciendo las películas kitsch en la acepción Umberto Eco que tanto me gusta mencionar para parecer una intelectual que leyó "Apocalípticos e integrados" durante su educación universitaria en la última mesa de la biblioteca de mi facultad. Todas las tardes durante una semana.
Saber jalar los resortes en el momento adecuado, sin embargo, no es empresa fácil. Cuántos guionistas de porquería lo han intentado sin éxito, en dramones sobre santitos y virgencitas que hacen favorcitos, logrando una mescolanza de pena ajena. Algunos utilizan recursos desesperados, como música expresamente lacrimógena, emplazamientos de cámara y close-ups a media luz. A veces ni con eso.
Las películas que me hacen llorar... siempre me hacen llorar. No importa que "me prometa no llorar esta vez": siempre lo logran. Ejemplo al azar: he visto "Billy Elliot" unas ocho veces, y siempre lloro con la cara del papá mientras se va a trabajar a la mina, en medio de los abucheos de los huelguistas, su hijo jalándole la chamarra y preguntando qué está haciendo. Y esa respuesta del papá, ese sacrificio resignado por trabajar en una mugrosa mina durante años, sólo porque el niño tiene talento y podría estar malgastándolo.
Estoy segura de que una mente enferma, mientras maquilaba esta escena, sonreía para sí mientras fumaba su puro (una voz cavernosa en la penumbra, frente a una máquina de escribir antigua, las volutas de humo esparciéndose por el aire): "Ja, los tengo. Estarán llorando como mariquitas, ¡soy un genio!". Acto seguido: se iría a comer a un McDonalds.
Y la verdad, siempre me ha gustado reaccionar tal y como la mente enferma en la penumbra quisiera. Me gusta reír cuando se supone que debo reírme. Me gusta llorar cuando tengo que hacerlo. Me gusta no comprender nada cuando ellos no quieren que comprenda nada. Me gusta conducirme como un niño obediente cuando veo una película, sin anticipar giros de tuerca innecesarios ni adelantarme al final con un gesto intelectualoide de pacotilla.
Creo que aprendí estas reacciones en mi casa. Mi familia siempre ha sido muy cinéfila, pero poco pretenciosa. Son fanáticos de los clásicos, ustedes saben: El Padrino, Star Wars, Terminator, E.T., Fargo, El Exorcista... ¡Los clásicos! Desde niña me metían a ver películas al cine con subtítulos, aunque no supiera leer, y jamás le adelantaron a las escenas cachondas o me prohibieron ver una película porque estuviera "muy horrorosa" (tal vez ellos tengan la culpa de mi inestabilidad mental).
Las charlas de sobremesa siempre son sobre actores (creo que no hay ninguno que no conozcamos) y en qué película lo recordamos, como Troy McClure. Nadie me ha inculcado tanta cultura pop como ellos.
No entiendo a la gente pretenciosa a la que sólo le gusta el "cine de arte" y se dejaría matar antes que apreciar genuinamente una joya como "Mi pobre angelito". Luego entonces, siempre ven los grandes blockbusters a través de sus ojos críticos y exquisitos, gentilmente educados por Tarkovsky y Bergman. Yo también me dejaría matar antes que ver "2012", pero porque creo que la línea es muy sutil: no notar que Terminator II es una CHINGONERÍA de película no es lo mismo que tragarse cualquier mierda en la que Jim Carrey hace gesticulaciones excesivas y maneja fluidos corporales.
Esta gente es la que no puede ver la grandiosidad de Avatar, la que no puede situarse en otro lugar que no sea su cinismo exacerbado más cerca de lo políticamente incorrecto que de lo ingenuo, naïve si se quiere, esos ojos de niño que cree en Santa Claus porque le da concesión a la magia y a todo lo que hay de bueno en los hombres (suena Himno de la Alegría y todos nos tomamos de las manos).
Me gusta que una película me conquiste, que me haga despojarme de mis conductas amargosas y nihilistas, y me haga creer en un mensaje ecológico sobre la majestuosidad de la Tierra y lo que está conectado a ella. Me gusta pensar que el amor por una persona (o un Na'vi del clan de los Omaticaya), por un lugar, por una raza y por una cultura te haga "traicionar" tu propia estirpe, y vivir como ellos (de nuevo me remito a grandes películas que hoy nadie considera artísticas o mínimamente cul para llenar tu perfil en tu red social favorita, como "La misión", "Danza con lobos", "Leyendas de pasión", "El último de los mohicanos", etcétera, etcétera). Me gusta creer en todo esto, porque estoy convencida de que para eso fue creada la película. Para generar estas emociones, desprender esas reflexiones, sentir esta clase de cosas.
Y ahora, bajo el riesgo de verme pasivo-agresiva con mi gran amigo Rufián Melancólico, me gustaría comparar dos reseñas:
Una) La de Carlos en aquella bitácora ensayística y profunda: Las reflexiones del Rufián Melancólico.
Dos y otra y otra) La de Ruy Xonocostle, escritor que siempre ha exaltado su educación pop, en Paiki. Y de paso, la de Macho Cabrío en el mismo blog. La de Antara Adachi en 4:3 / 16:9.
No quiero sonar tajante ni con ningún ánimo de clasificar. Sólo quiero asentar que las últimas tres reseñas me emocionaron, me hicieron ver aspectos de Avatar que no logré ver bien la primera vez, y me llenaron de un gozo muy disfrutable. El gozo de ver películas. De las películas que en mi casa consideran clásicas, las que engendran conversaciones sobre el subtexto, pero también sobre las actuaciones y sus intérpretes, sobre el curriculum de los que estás detrás, sobre lo emocionante que fue ver el primer vuelo de Jake en su Ikran y lo impresionante del CGI.
Algo que me hubiera gustado comentarle a Rufián en su post, pero que hago ahora con este mamotreto, es que intentar ver Avatar a través de los ojos del buen cine (saben a lo que me refiero) es imposible con esta joya, si se quiere, mainstream. Porque no hay profundidades demasiado inextricables en Avatar, y reducir lo hermoso del mundo de Pandora a efectos apantallantes sólo mata el espíritu con el que fue creada. James Cameron cuenta espectaculares historias de fantasía, y nos gusta que lo haga, y que sólo haga eso (no llegar al núcleo de la condición humana, porque no es su labor como cuenta-historias). Y si para conmovernos echa mano de recursos facilistas, so be it: ha conquistado nuestros corazones antes, y no fue difícil que lo hiciera de nuevo.
Por eso me encantó Avatar. Por eso me enterneció hasta las lágrimas y dejé que me enseñara la lección eco-friendly-new-age. Por eso quise aplaudir y no dejar que sus fallas me la arruinaran. Es algo que me gusta hacer desde que era una niña: disfrutar de los clásicos. De los que, me enseñaron, eran los clásicos.
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